8.4.12

Aristóteles: el modelo del sexo único

Aristóteles expone en La reproducción de los animales sus ideas sobre los sexos y la reproducción. Aristóteles propone que sólo existe un sexo, los hombres, considerando a las mujeres una malformación de ese sexo único. 

La teoría de Aristóteles fue la aceptada como autoridad y transmitida, pero no era la única existente. La escuela de Hipócrates ya había sugerido la tesis de que lo que produce la vida es una combinación de dos principios activos: masculino y femenino. Aristóteles sólo habla de un principio activo, lo masculino, reduciendo así la vida a lo masculino. Parménides de Elea, en la segunda parte de su Poema, sugiere que existe una articulación de dos principios, femenino y masculino. Esta idea de que no sólo el principio activo era el masculino circulaba y se había propuesto con anterioridad. El mundo discursivo de la Grecia Antigua era más rico, no sólo existían los discursos transmitidos por la línea maestra de la filosofía occidental. Pero la idea de Aristóteles fue la que eclipsó a las demás, a pesar de sus aporías: si el esperma es el único principio activo y el cuerpo de la mujer es simplemente un recipiente que no aporta nada al proceso de dar vida, ¿cómo se explica que las criaturas se parezcan a sus madres?

La teoría acerca de la reproducción de Aristóteles está en consonancia con su teoría metafísica: el hilemorfismo, que establece una distinción fundamental entre forma y materia. A esta distinción se unen otras: movimiento/pasividad, masculino /femenino, alma/cuerpo... En el dualismo que establece Aristóteles, la forma se corresponde con lo masculino, el movimiento, el alma; mientras que la materia se identifica con lo femenino, lo pasivo, el cuerpo.

En la reproducción se produce una transmisión de la forma. El ser adquiere identidad a través de la forma, que está en el semen del hombre. La materia, lo que proporciona el cuerpo a la criatura, se encuentra en potencia en la sangre femenina, “una masa de líquido crudo, impuro, no elaborado, inerte y amorfo”. Para que esa materia pase de la potencia al acto necesita el principio del movimiento, que lo proporciona el fluido masculino: el esperma. No puede haber engendramiento sin materia y tampoco sin forma, pero la materia, que se corresponde con lo femenino, tiene una valoración negativa para Aristóteles. La forma que se encuentra en el semen es la que determina la materia de la criatura, esto es, que se transmite la forma masculina.

Entonces, ¿cómo se engendra una niña? Aristóteles explica esto por defecto: se engendra una niña cuando ocurre algo que impide que se engendre un niño, ya sea porque el padre sea muy joven, o muy viejo, o esté enfermo. Esto significa que existe un único modelo de forma, el modelo masculino, y que todo lo que no es esa forma se explica por defecto: lo femenino es una excepción de la forma que ha de ser explicado como una malformación.

La mujer es una deformación que se produce cuando no hay suficiente calor en el proceso de reproducción. La mujer, para Aristóteles, es un fracaso de naturaleza. No indica Aristóteles cómo un fracaso, una malformación puede ser absolutamente imprescindible para el ciclo de la vida. Para Aristóteles, sólo existe un sexo: el hombre. Las mujeres son simplemente malformaciones de ese sexo único. 

Thomas Laqueur nos muestra en su obra La construcción del sexo que los argumentos de Aristóteles sobre su modelo del sexo único se mantuvieron como argumento de autoridad indiscutible hasta el siglo XVIII. En la Roma del siglo II, Galeno mantuvo y difundió las tesis de Aristóteles sobre el sexo único y la idea de la mujer como malformación. En aquella época, estaba prohibida la disección o autopsia de cadáveres humanos. Así, Galeno realizó disecciones sobre todo en cerdos y monos y proyectó lo que había aprendido sobre estos animales a la anatomía humana. Galeno comenzó a situar los órganos internos en el cuerpo humano, extrapolando las informaciones que había observado en las autopsias y las vivisecciones realizadas sobre animales. Con esta confusión en el conocimiento de la organización de los órganos internos, se comenzó a suponer que las mujeres tenían los mismo órganos que los cuerpos masculinos, pero invertidos en el interior del cuerpo.

Galeno fue considerado la autoridad en el campo de la anatomía hasta el siglo XVI, cuando Vesalio se atrevió a poner en duda la doctrina galénica. Sin embargo, cabe destacar que hacia el siglo XIII ya se comenzaron a realizar disecciones en Bolonia, propagándose pronto la práctica a Padua, Montpellier y Lérida. Pronto se crean los teatros anatómicos, cuya estructura arquitectónica estaba basada en el estudio anatómico del ojo. Estos teatros anatómicos estaban dispuestos de tal forma que el público, los estudiantes, podía ver la disección del cadáver que realizaba el médico-maestro. 

Sin embargo, a pesar de realizar ya disecciones en cadáveres humanos, las teorías de Galeno no pierden su validez. Seguía siendo más poderoso el criterio de autoridad que la percepción sensorial. Lo que se percibe con los sentidos está condicionado y, en ese momento, ante la autoridad de Galeno, pesaba más el texto que lo que los ojos observaban en los cadáveres abiertos.

No será hasta el siglo XVI, que Vesalio, realizando disecciones, se dio cuenta de la cantidad de errores que existían en los textos galénicos. Sin embargo, a pesar de corregir los errores de Galeno en cuanto los órganos internos, Vesalio y todos los demás anatomistas que practicaban disecciones en cuerpos humanos seguían manteniendo la tesis de que los órganos femeninos eran analogía de los masculinos. El modelo del sexo único se mantendría hasta más allá del siglo XVIII.

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